sábado, 7 de junio de 2008

El asalto, según Manuel Grossi


[Manuel Grossi, que intervino en el combate de la Manzaneda (5-10-1934), no relata el asalto al cuartel, pero dice al final del capítulo "La batalla de la Manzaneda" (Olloniego)":]

En nuestro poder tenemos, prisioneros, a los guardias civiles del puesto de Olloniego. A pesar de las bajas que se nos han hecho, ni por un solo momento se nos ocurre tomar venganza en ellos. Son tratados, por el contrario, con toda clase de consideraciones. Nosotros somos soldados de la Revolución, pero no asesinos.

Manuel Grossi: La insurrección de Asturias (Quince días de revolución socialista). Barcelona, Ediciones "La Batalla", 1935, página 31.

El asalto según Manuel D. Benavides


Los sucesos de Olloniego han tenido en la Prensa una referencia parcial y una importancia secundaria. Ni los periódicos ni los ministros de D. Niceto se enteraron de lo que ocurría en Asturias, ni saben aún lo que ocurrió. La conquista de Oviedo empieza aquí, en este pueblecito encerrado entre montañas y al borde de una carretera estratégica en la que un puñado de hombres venció a las fuerzas enviadas de la capital.
De las noticias y de los relatos periodísticos parece desprenderse que las casas-cuarteles fueron aplastadas por aludes revolucionarios. Eso, que es cierto en algunos casos, no lo fue en la mayoría de las acciones desarrolladas para rendir a los puestos.
Ge aquí la reseña de los periódicos, reseña sujeta a censura:

"Como en todas partes al estallar el movimiento, en Olloniego fue cercado el puesto de la guardia civil, defendido por 35 números. El asedio duró largas horas, utilizando los rebeldes bombas de mano , hasta que se quebrantó la resistencia.
El los primeros momentos envióse a Olloniego una camioneta con veinte guardias de asalto, los cuales no pudieron llegar hasta allí; en la carretera se les preparó una emboscada; los guardias de asalto sufrieron muchas bajas, perdiendo la vida en la agresión el teniende Del Olmo, que se prestó voluntariamente a este servicio, ya que, como oficial pagador, sólo se encontraba en Oviedo de manera accidental.
El hecho ocurrió a un kilómetro de Olloniego. Cinco rebeldes armados se colocaron en mitad de la carretera, mientras que otros trescientos se ocultaron en unas trincheras. Al ver a los hombres armados, los guardias de asalto intentaron descender de la camioneta, siendo en ese momento acribillados a balazos. Sólo un cabo, de entre toda la fuerza, logró salir con vida, refugiándose en el monte, desde donde pudo regresar a Oviedo".

Vean ustedes ahora la diferencia que existe entre la verdad oficial y la verdad verdadera. Oviedo y Mieres se reparten el padrón de Olloniego, pueblo socialista de mil habitantes, con 140 afiliados a las Juventudes, 400 cotizantes en el Sindicato Minero y 45 en el Partido.
Al recibirse a las doce de la noche del día 4 la orden de empezar el movimiento, dos jefes de grupo, con dos escuadras de diez hombres cada una, desenterraron las armas ocultas en Santianes y Manzaneda: 130 mosquetones y 6.000 cartuchos, fabricación Toledo, envueltos en sacos y papel impermeable y engrasados con grasa consistente para preservarlos de la humedad. La escuadra de Manzaneda, hecho el avío, salió con las armas camino de Olloniego. A uno de los lados de la comba de la carretera, que sube hacia Oviedo y hacia Mieres y tiene el centro de su onda en el pueblecito, hacían guardia tres camaradas. Descendía el grupo la cuesta cuando vieron venir de Oviedo un coche.; lo dejaron pasar escondidos en un sendero que, al final de la cuesta, conduce a la línea de ferrocarril. A los pocos minutos y en dirección contraria apareció un auto procedente de Mieres. Esta vez la escuadra se apostó en la carretera fusil en mano.
-¡Alto!
Asomó la cara de susto el chófer:
-Vengo de llevar a Mieres a Peña y Amador.
Mentía descaradamente, no con el propósito de engañar a la patrulla, sino por el gusto de presumir.
- Pues da la vuelta, que ahora nos vas a llevar a nosotros.
Subieron al coche dos revolucionarios con las armas desenterradas en Manzaneda. Delante del coche caminaban los demás: el auto, con los faros apagados, marchaba al paso de los hombres.
A la misma hora, los que habían ido a buscar el depósito de armas de Santianes, detenían otro coche; los dos autos coincidieron en la bifurcación de la carretera, a quinientos metros del pueblo. Reanudaron juntos la marcha. Un caarada de Santianes deslizóse a su encuentro con la noticia de que se acercaban tres números de la guardia civil. Se ocultaron los coches junto a la puerta del cementerio.
Frente al recodo que hacían las tapias de la sacramental, lucía la bombilla de una fuente. De una pedrada quedóse a obscuras la fuente. Las dos patrullas dejaron acercarse a los guardias; podían haberlos fusilado, pero les bastaba con hacerlos prisioneros. Les dan el alto; los guardias contestan a tiros y corren hacia Olloniego.
Siguieron viaje los coches y en una casa de Olloniego se guardaron los mosquetones y la cartuchería. Han salido correos para los pueblecitos: Manzaneda, Llaudellena, La Mortera, Santianes, Casares, San Frechoso, Sardín... Se les distribuye armas a los vecinos y un primer grupo de veinticinco combatientes toma posiciones para atacar el cuartel, defendidos por dieciséis números mandados por un brigada y un alférez.
El cuartel, situado al borde de la carretera, tiene enfrente la Estación del Norte, que se alza sobre un terraplén por el que pasa la vía; un afluente del Nalón corre a pocos metros del puesto, con pisos de galería por la parte de atrás que miran a la montaña cubierta de maleza.
Rompióse el fuego después de unas intimidaciones, desde la vía del tren y las márgenes del riachuelo, en el lugar denominado la Compuerta. Otro grupo intentó el asalto por el lado opuesto. Resultó herido uno de los atacantes, que falleció días más tarde.
Ante la ineficacia de los mosquetones, se recurrió a la dinamita. Los primeros cartuchos desmoralizaron a los civiles. Por tres veces ollóse la voz del alférez:
-¡No tiréis!
-¡Rendíos!
-No podemos.
-Vamos a enviaros un parlamentario.
Se fue a buscar a un suboficial retirado, llamado Tomé. Estaba acostado; levantóse entre el llanto de las mujeres.
El viejo Tomé, acompañado de un hijo, presentóse ante el puesto.
-Que hagan lo que les parezca-gritó el alférez-. Nosotros no nos entregamos.
-¿Y por qué no os entregáis?
Hacía la pregunta la mujer de un número.
-Ya se cansarán de estar ahí... Más pronto o más tarde se les acabarán los tiros.
El alférez no se acordaba de la dinamita, que para precaver el desmunicionamiento a que aludía, comenzó a utilizarse como único elemento de combate, Las cargas se arrojaban desde la montaña.
Una de las civileras salió con un niño. Parlamentóse de nuevo.
-¡Por las mujeres y por nuestros hijos!-clamaban los guardias.
-No tenéis mucho corazón de padres cuando los retenéis ahí dentro. Dejadlos salir y echaros vosotros a la carretera a defender esos sesenta duros por los que lucháis.
La frase era un descubrimiento. En Uncastillo, en Tauste, en Casalarreina, en Barruelo... los guardias decían: "Cumplimos nuestro deber". Los mineros de Olloniego expresaban con el simple enunciado de una cantidad el valor de ese sentimiento del deber: sesenta duros.
La dinamita había volado el tejado. Parlamentóse una vez más.
-Ya os hemos dicho que os garantizamos la vida.
-¿Y por qué no esperamos a ver lo que pasa en Oviedo?
Los guardias pretendían que se les concediera una tregua hasta saber si vencía o no la revolución. Si vencía, no tendrían inconveniente en rendirse y aun en ofrecerse a los revolucionarios; si no vencía, entonces... ¡Ah, entonces! Serían los guardias los que se lanzarían a la caza del minero con la ferocidad que luego ilustró la represión. Tras el último parlamento, arreció el castigo de las explosiones. Los cartuchos caían por el boquete abierto en el tejado. Con una mala fe de malhechores, los guardias aprovechábanse del estrépito de la dinamita para disparar. Juzgaban próximo el desenlace y procuraban dismular sus disparos, como si no se defendieran.
De la estación avisaron que el brigada, el alférez, el cabo y un número huían hacia la carretera. Se les detuvo con una descarga que hirió al brigada. Los demás se entregaron y el resto de la guarnición hizo lo mismo.
Rodeados de las mujeres y de los hijos, los civiles abandonaron el cuartel. Lloraban. Había entre ellos un mozo que, cada vez que veía desfilar a las Juventudes con la camisa roja, prometía:
-Cuando estalle la revolución, me basto yo con mi fusil para barrer a todos esos. El joven tricornio imploraba ahora:
-¡No me matéis!
-Ni la muerte mereces.
Las mujeres y los rapaces se abrazaban a los revolucionarios. La cólera de uno de éstos, estalló:
-¿Por qué lloráis? ¿Quién os ha dicho que vamos a mataros? ¡Sois una canalla! Lo que pretendíamos era reduciros y apoderarnos de vuestras armas. La carne muerta sólo os alimenta a vosotros.
Todavía protestó un civil al entregar el correaje:
-Esto es una deshonra para el Cuerpo...
-¡Más deshonrado que está!... Nos llevamos las armas y te dejamos la vida. Esás a tiempo de elegir.
La ingenuidad revolucionaria dejó en libertad a la guarnición vencida. Volvieron de su acuerdo al enterarse de que iban a conducir a Oviedo al brigada herido. La orden de que no saliera ningún coche se dió cuando el brigada, acompañado de dos números, estaba en camino.
El comité local dispuso entonces la detención de los demás guardias.
Había en el pueblo dos antiguos enemigos de las organizaciones obreras: el cura y el fiscal del juzgado de paz de Oviedo. Eran un par de viejos con piel de cacique, de los que prometen la muerte a sus enemigos y se la aplican en la primera oportunidad. Entre los dos traían a mal traerla sección del Sindicato minero: empapelaban a los directivos, les imponían multas, los metían en la cárcel. Y tan ternes, que recibieron a tiros a la patrulla que se presentó a registrar sus casas.
La hermana del cura trató de salvar al pistolero de sotana. Pasaba un grupo de revolucionarios por delante de la Cooperativa católica. Un muchacho llamó al jefe del grupo:
-¡Aquí está Jesusa; su hermano el cura ha hecho armas contra nosotros y ahora dice que quiere entregarse.
El jefe se acercó a la mujer.
-No respondo de su vida; tu hermano nos ha perseguido mucho. Dile que se vista de paisano y se presente al Comité.
El cura, Joaquín del Valle, y el fiscal, Emilio Valenciano, fueron detenidos.
Los centinelas apostados en la carretera anunciaron la presencia de fuerzas procedentes de Oviedo. El brigada herido había dado noticia de los sucesos a dos camionetas de asalto situadas en San Lázaro. [Sigue el relato de la batalla de la Manzaneda].

Manuel D. Benavides: La Revolución fue así. Octubre rojo y negro. Barcelona, Imprenta Industrial, sin fecha (pero 1935), pp. 235-241.

jueves, 5 de junio de 2008

El asalto, según Alfonso Camín

La Cuesta de la Manzaneda se encuentra después de pasar Olloniego, por donde el río Nalón ya canta victorias grandes, ensanchado por las corrientes de las cuencas mineras. Cerca del puente de Olloniego, durante los primeros días de la tragedia, los mineros sorprendieron tres carros cargados de Guardias de Asalto. Fueron copados entre descargas de mosquetones y quintales de dinamita.
-Muchos volaron por los aires-dice un vecino.
Los mineros cogen las armas de los muertos, se ponen los uniformes y en las propias camionetas siguen la marcha hasta Oviedo.
Por estas alturas operaba un capitán del Ejército, con cien hombres. No bajó de los montes vecinos. Se limitó a ver la tragedia desde la cumbre. Cuando le preguntaron por tan extraña conducta, dijo:
-Fue tan rápido el choque, que creí que era la tropa del Gobierno la que volvía triunfante hacia Oviedo triunfante de las cuencas carboneras. Los mismos uniformes me confundieron. Me desorientaron, al ver cómo las camionetas de Asalto subían de nuevo la cuesta. Cierto que en ellas veía a algunos paisanos. Pero, como los otros llevaban uniformes, creí que fueran prisioneros.
Olloniego ha dado un gran contingente de fuerzas a los "frentes" mineros. Muchos cayeron en Campomanes.
En el cuartel había treinta y cinco guardias civiles. La lucha duró algunas horas. La dinamita entró en funciones. Se rindieron los guardias.
Aquí, los de Asalto les pusieron su trampa a los mineros. Se metieron en una cueva cercana, colocaron a la puerta unos fusiles y se parapetaron ellos detrás, arma al brazo. Estos fusiles servirían de cebo. No se engañaron. Pronto llegó la masa arrebatada:
-¡Aquí hay fusiles!-gritaron.
Cuando fueron a cogerlos, sonaron varias descargas hechas desde la cueva. No quedó un minero del grupo. Pero llegaron más hombres. Fue atacada la cueva. Y no quedó un guardia vivo. La cueva les sirvió de sepultura.
Unos kilómetros más: San Esteban de las Cruces. Y allá abajo, aparece Oviedo.
La torre de la Catedral se destaca, firme y gruesa, sobre las casas y las luces de la ciudad, semejante a un ciprés de piedra, de cuya punta se escapara la luna como un globo siniestro y rojo.

- Alfonso Camín: El valle negro. Asturias, 1934. México, Editorial Norte, 1938, pp. 120-121.

miércoles, 4 de junio de 2008

El asalto, según el periódico "El Socialista" (octubre, 1935)


Para conmemorar el primer aniversario de la Revolución, en octubre de 1935 el periódico El Socialista publicó varias crónicas que abarcan todos los hechos y en todas las áreas geográficas. En el caso de Olloniego, como en el resto, constituye un relato muy pormenorizado sobre Octubre del 34 desde el punto de vista revolucionario.

Reproduzco aquí las páginas en cuestión, que recogen como fuente de primera mano el testimonio directo de varios revolucionarios -entre ellos Robustiano Hevia- por entonces exiliados en la localidad francesa de Dieppe, adonde se trasladó expresamente el reportero de El Socialista. Este periodista era Ignacio Lavilla, uno de los fundadores del diario socialista Avance, donde Robustiano Hevia había colaborado desde antes de 1934.

Estas crónicas para El Socialista fueron encomendadas secretamente a Lavilla por Amador Fernández e Indalecio Prieto en 1935, con objeto de escribir una historia de la Revolución de Octubre. En 2004 fueron recopiladas, publicadas y prologadas por el sobrino de Ignacio Lavilla, Paco Ignacio Taibo II, en una edición no venal repartida gratuitamente entre los asistentes a la "Semana negra" de Gijón: Los hombres de octubre. Gijón, Gobierno del Principado de Asturias, 2004. Aquñi reproduzco su cubierta y las páginas donde se relata el inicio de la Revolución en Olloniego.

Tanto Robustiano Hevia como el resto de exiliados del 34 no regresaron a España hasta febrero de 1936, con la amnistía otorgada con el triunfo electoral del Frente Popular.

El asalto, según la propia Guardia Civil


Reproduzco aquí las páginas del libro Episodios de la Revolución (Santander, Talleres Tipográficos de la Librería Moderna, 1935) de Jenaro G. Geijo, historiador y cabo de la Benemérita, donde se relata la versión "oficial" de lo ocurrido durante el asalto al cuartel de la Guardia Civil de Olloniego la noche del 4 de diciembre de 1934. Incluye la foto de algunos de los guardias de aquel puesto.

Relación de Robustiano Hevia con algunos sucesos de octubre en Olloniego, según la prensa reaccionaria




Reproduzco aquí dos testimonios periodísticos sobre Robustiano Hevia aparecidos en la prensa regional poco después de octubre de 1934. Los dos hacen referencia a los sucesos de Olloniego y a la muerte de Emilio Valenciano (fiscal del Juzgado de Paz de Oviedo) y de Joaquín del Valle (párroco de Olloniego). Además se menciona a Manuel Corzo (párroco de Santa Eulalia de Manzaneda) y al guardia civil Constantino González, todos ellos hechos prisioneros por los revolucionarios en la madrugada del día 5 de octubre de 1934.

Emilio Valenciano había sido jefe regional carlista de Asturias y director del diario de Oviedo Las Libertades. La foto original se conserva en el archivo de la Fundación Ramón Barreiro de Oviedo.

- "Asesinan a don Emilio Valenciano por ser cristiano y caballero". En Región, 2-XI-1934

- "Cómo fueron asesinados el párroco de Olloniego y el fiscal del Juzgado de Oviedo". En El Carbayón, 6-XI-1934.

Robustiano Hevia, dirigente en el combate de la Manzaneda


Después de la toma del cuartel de la Guardia Civil de Olloniego, dos camiones de guardias de Asalto fueron enviados desde Oviedo por el Gobernador militar de Asturias para reprimir y sofocar la Revolución en esta zona clave geográfica y políticamente. Así, desde las 7 de la mañana del día 5 de octubre tuvo lugar en La Manzaneda (pueblo inmediatamente anterior a Olloniego, según se viene de Oviedo) una batalla que resultaría trascendental para el desarrollo de la Revolución en toda Asturias. Robustiano Hevia, Lucio Deago y Belarmino García, los mismos que habían dirigido al asalto al cuartel de Olloniego, volvieron a mandar las milicias obreras (fundamentalmente mineros) que consiguieron, en este importantísimo enfrentamiento, dejar libre la entrada a Oviedo a las fuerzas revolucionarias que venían por el sur desde las cuencas mineras.

Copio aquí lo que dice Paco Ignacio Taibo II en el tomo VII de la Historia de Asturias (Gijón, Silverio Cañada, 1978, pp. 170-171):

En un acto de candidez, los revolucionarios autorizan a los dos guardias a transportar al brigada Manzanares a un hospital en Oviedo. Estos dos hombres, Andrés Herrero y Marcial Martín, llegan a las seis de la mañana a Oviedo y se presentan en el cuartel de la Guardia Civil. La orden del Gobernador es simple: un par de camiones de guardias de Asalto para Olloniego. La Guardia Civil ordena que el capitán Toledo recoja a las fuerzas de Tudela Veguín y Villa, y los apoya. Los guardias de Asalto de la compañía expedicionaria de Salamanca son recibidos a tiros en el descenso de la cuesta de La Manzaneda. Son las siete de la mañana. Los mineros, dirigidos por Belarmino García, Lucio Deago y Robustiano Hevia, han aumentado de 70 a 130 incorporando voluntarios a las escuadras que participaron en el asalto al cuartel que se arman con los fusiles tomados a los guardias civiles y los restos de los depósitos de Olloniego. Hay, por primera vez en la historia de la Revolución de Octubre, más armas que hombres.

La batalla de La Manzaneda, según Manuel D. Benavides (1ª parte)

Texto tomado de la obra de Manuel D. Benavides: La Revolución fue así. Octubre rojo y negro. Barcelona, Imprenta Industrial, sin fecha (pero 1935).


La batalla de La Manzaneda, según Manuel D. Benavides (2ª parte)


Texto tomado de la obra de Manuel D. Benavides: La Revolución fue así. Octubre rojo y negro. Barcelona, Imprenta Industrial, sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según Manuel D. Benavides (3ª parte)


Texto tomado de la obra de Manuel D. Benavides: La Revolución fue así. Octubre rojo y negro. Barcelona, Imprenta Industrial, sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según Manuel D. Benavides (4ª parte)


Texto tomado de la obra de Manuel D. Benavides: La Revolución fue así. Octubre rojo y negro. Barcelona, Imprenta Industrial, sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según el periódico "El Socialista" (octubre, 1935)


Para conmemorar el primer aniversario de la Revolución, en octubre de 1935 el periódico El Socialista publicó varias crónicas que abarcan todos los hechos y en todas las áreas geográficas. En el caso de Olloniego, como en el resto, constituye un relato muy pormenorizado sobre Octubre del 34 desde el punto de vista revolucionario.

Reproduzco aquí las páginas en cuestión, que recogen como fuente de primera mano el testimonio directo de varios revolucionarios -entre ellos Robustiano Hevia- por entonces exiliados en la localidad francesa de Dieppe, adonde se trasladó expresamente el reportero de El Socialista. Este periodista era Ignacio Lavilla, uno de los fundadores del diario socialista Avance, donde Robustiano Hevia había colaborado desde antes de 1934.

Estas crónicas para El Socialista fueron encomendadas secretamente a Lavilla por Amador Fernández e Indalecio Prieto en 1935, con objeto de escribir una historia de la Revolución de Octubre. En 2004 fueron recopiladas, publicadas y prologadas por el sobrino de Ignacio Lavilla, Paco Ignacio Taibo II, en una edición no venal repartida gratuitamente entre los asistentes a la "Semana negra" de Gijón: Los hombres de octubre. Gijón, Gobierno del Principado de Asturias, 2004. Aquñi reproduzco su cubierta y las páginas donde se relata el inicio de la Revolución en Olloniego.

Tanto Robustiano Hevia como el resto de exiliados del 34 no regresaron a España hasta febrero de 1936, con la amnistía otorgada con el triunfo electoral del Frente Popular.

La batalla de La Manzaneda, según Aurelio de Llano


Texto tomado de la obra de Aurelio de Llano Roza de Ampudia titulada Pequeños anales de quince días. La revolución en Asturias (Octubre, 1934), publicada en 1935 y reeditada por el Real Instituto de Estudios Asturianos en 1977. Aunque escrita desde el punto de vista contrarrevolucionario, se trata de una obra muy documentada y de gran rigor histórico.

La batalla de La Manzaneda, según Fernando Solano Palacio (1ª parte)


Texto tomado de la obra de Fernando Solano Palacio titulada La Revolución de octubre. 15 días de comunismo libertario en Asturias. Barcelona, Ediciones "El luchador", sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según Fernando Solano Palacio (2ª parte)


Texto tomado de la obra de Fernando Solano Palacio titulada La Revolución de octubre. 15 días de comunismo libertario en Asturias. Barcelona, Ediciones "El luchador", sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según Fernando Solano Palacio (3ª parte)


Texto tomado de la obra de Fernando Solano Palacio titulada La Revolución de octubre. 15 días de comunismo libertario en Asturias. Barcelona, Ediciones "El luchador", sin fecha (pero 1935).

La batalla de La Manzaneda, según Manuel Grossi (1ª parte)


Texto tomado del libro de Manuel Grossi titulado La insurrección de Asturias (Quince días de revolución socialista). Barcelona, Ediciones "La Batalla", 1935.

Este testimonio presenta especial interés, ya que Manuel Grossi tuvo una participación directa y destacada durante este combate desarrollado en los alrededores del pueblo de La Manzaneda.

La batalla de La Manzaneda, según Manuel Grossi (2ª parte)


Texto tomado del libro de Manuel Grossi titulado La insurrección de Asturias (Quince días de revolución socialista). Barcelona, Ediciones "La Batalla", 1935.

Este testimonio presenta especial interés, ya que Manuel Grossi tuvo una participación directa y destacada durante este combate desarrollado en los alrededores del pueblo de La Manzaneda.

Robustiano Hevia, a la conquista de Oviedo


Pendiente

martes, 3 de junio de 2008

1934-1935: exilio de Robustiano Hevia en Dieppe



Fracasada la Revolución y después de varias peripecias, Robustiano Hevia cruza la frontera de los Pirineos en tren acompañado de una hermana y haciéndose pasar por su novio para no ser reconocido. Eran los primeros días de noviembre de 1934.

Según Paco Ignacio Taibo II en el tomo 8º de la Historia de Asturias (Gijón, Silverio Cañada, 1978, , p. 142), Robustiano Hevia salió de España (al igual que otros revolucionarios como Arturo Vázquez, Ignacio Lavilla, Agustín González, Belarmino García o López Mulero) utilizando una red montada desde Madrid por Álvarez del Vayo, Fraile, Negrín y otros militantes destacados del PSOE:

"... motoras en San Sebastián, bous pesqueros que salían de Pasajes, paso por carretera en Irún, paso por ferrocarril, escondidos en los vagones por miembros del Sindicato Ferroviario... En estas redes trabajaban centenares de hombres: los diferentes testimonios que hemos escuchado y consultado sobre la huida a España así lo demuestran: enlaces, casas seguras, puntos de contacto, escoltas, coches y chóferes, barcos, guías..."

En la primera foto que adjunto, tomada posiblemente a finales de 1934 (y que fue propiedad de Guzmán García Álvarez, líder revolucionario de Mieres, y su original se conserva en el archivo de la Fundación José Barreiro de Oviedo), Robustiano Hevia aparece bajo el número 6 y con el puño en alto. En un folio mecanografiado que Guzmán García adjuntó a esta foto, fechado en Tuxtla Gutiérrez (Chiapas, Méjico) en noviembre de 1978, figura la lista de nombres idemtificados en la foto con el número correspondiente. Con el número 8 por ejemplo, está identificado el minero Belarmino García: otro de los tres hombres que comandaron el asalto al cuartel de Olloniego y la batalla de la Manzaneda. Como puede verse, Belarmino García y Robustiano Hevia son los únicos de todo el grupo con el puño en alto. Los otros líderes de Octubre identificados con un número son los siguientes:

1 - Amador Fernández, con el menor de sus hijos y su esposa.
2 - Belarmino Tomás, su hija Purificación, el otro que sigue a Urcesino y su esposa de gorra negra.
3 - Urcesino Tomás.
4 - Jenaro López, de Grado o Trubia.
5 - Francisco Orueta, de Madrid.
6 - Robustiano Hevia, Olloniego.
7 - Guzmán García Álvarez, de Mieres.
8 - Con el puño en alto, Belarmino García.
9 - Manuel Arias, de Madrid.
10 - Julián Arias, de León.
11 - Pedro Lureña, de Madrid, abajo con el bolso en las manos
12 - Alfredo de la Rosa o Roca, de Mieres.
13 - Fermín Morán, de la Agrupación de Oviedo, muerto en Dieppe de muerte natural en 1935.
14 - Uno de los Antuñas, hay otro.
También un pariente de González Peña, Andrés.

En la segunda foto, obtenida también en 1935, aparece Robustiano Hevia señalado con un círculo rojo junto al resto de exiliados en esta localidad francesa que años después se haría famosa por ser escenario del desembarco aliado (19-8-1942) durante la II Guerra Mundial. A la izquierda de Tano, de abrigo claro y sin corbata, se encuentra el dirigente minero Belarmino García. La foto fue publicada por Paco Ignacio Taibo II (op. cit., 1978, pp. 169).

Tanto Robustiano Hevia como el resto de exiliados del 34 (en Dieppe, París, Rennes, Bruselas, Suiza o Moscú) regresaron a España en febrero de 1936, con la amnistía otorgada con el triunfo electoral del Frente Popular.